sábado, 29 de diciembre de 2012

Si 20 años no es nada, 2 años no es 0,nada.


No sé si el título del post es matemáticamente correcto, pero seguro que alguien -que piensa que sabe pero no sabe tanto- lo corregirá. De todas formas eso es anecdótico, porque lo importante es que un día decidí volver al barrio. Quizás sea de visita. Quizás, no.  
Pasaron dos años desde el último post (medio ladri, pero las fechas dicen eso) y mucha agua bajo el puente que me desvió de este río que alguna vez empecé a dragar para escaparme navegando de la frustración que me generaba la publicidad: Faceboom y sus quilombos, Ramiro Agujis, Sin Codificar, Twitter y, fundamentalmente, la vagancia que atrofia ciertos músculos que componen el cerebro.
La excusa de la vuelta me la dio una revista, que me pidió un cuento breve. Un cuento que me costó bastante escribir porque tenía ciertos requerimientos estilísticos (a pesar de que traté de abarcar muchos géneros, el "de guapos" nunca fue uno de ellos), al tratarse de una publicación para turistas. Lo cierto es que lo hice y el resultado me conformó bastante. 
Si bien la versión que van a leer difiere levemente de la que va a salir publicada (por cuestiones estéticas/editoriales de la revista), me pareció una buena oportunidad para volver a reencontrarme con un lugar mío que me gusta y, sin embargo, abandoné. 
El tiempo dirá si es un reencuentro o una nueva despedida.
Que lo disfruten.


Queja de bandeón


A lo lejos en el arrabal suena la queja de un bandoneón que, entre cortes y quebradas, resopla el lamento de una triste melodía. Un tango que añora esas veinte primaveras que ya no volverán. Un tango que lo dice todo sin palabras, porque si no diría que veinte primaveras es, a razón de tres meses por primavera, algo así como sesenta meses, y cinco años es una edad quizás un tanto prematura como para ser un guapo hecho y derecho.
Es tremendamente conmovedora la pena de ese bandoneón que rezonga, llora, gime, refunfuña, solloza: se nota que de chico le han faltado límites. Pero la psicología no tiene lugar en su fuelle: el bandoneonista es un poeta que sólo cuenta historias de honor. Historias de guapos que no saben lo que es la humillación. De guapos que ignoran lo que es la vergüenza. De guapos que no conocen la deshonra y la ignominia. De guapos que deberían comprarse un diccionario. De malevos compadritos que hablan con su puñal, como Ecuménico Eichelbaum, alias “El tano”: un bravo varón que cosió a puñaladas a su china, cuando la encontró en los brazos de otro en plena calle, una noche que volvía de la milonga. Es verdad que no se frecuentaban hacía ya ocho años, pero tan cierto como que Ecuménico era poco dado a las decisiones apresuradas y necesitaba un tiempo prudente para procesarlo.
Pero eso es vieja historia, porque Ecuménico ha sabido dejar atrás sus penas, ahogándolas en la bebida. Y aunque el trago hoy puede ser compadre del olvido, tarde o temprano termina cobrando cara su compañía: cada tanto el dolor del recuerdo vuelve a atormentar a Ecuménico, y no hay alcohol que alcance para tapar las heridas; para eso también hacen falta apósitos estériles y cinta. En lo posible, hipoalergénica.
A pesar de su eterno chambergo con el ala volteada sobre los ojos, Ecuménico no puede disimular que algo lo perturba: su pasado lo persigue. Y esta vez parece que lo ha encontrado: ya irrumpe en la milonga el pobre varón a quien otrora le ha arrebatado su querer, quien le grita puñal en mano: «Si sos tan bravo, acá te espero para arreglar cuentas». Ecuménico sabe que su hora ha llegado y quizás bien merecido lo tenga. Por eso, sin oponer resistencia, extiende sus manos y cierra los ojos, como entregándose. Pero cuando ya casi puede sentir el frío del acero abriéndose camino entre su abdomen, un grito estridente de mujer lo sobresalta: es ella, aquella chinita, que está vivita y coleando. Maravillas de la medicina e ironías del destino, quien él pensó que estaba muerta, fue quien le terminó perdonando la vida. 
Entonces, con una sutil reverencia, Ecuménico agradece el gesto e invita una vuelta de ginebra para todos los presentes, mientras se acerca al bandoneonista diciéndole por lo bajo: «Vamos, Maestro… la dama merece que le dedique una pieza: ¿Sabe alguna de Whitney Houston?». 

7 comentarios:

Anita Quirantes dijo...

Por Dios.POR DIOS.

La Condesa Sangrienta dijo...

Bandoneones eran los de antes.

Anónimo dijo...

Que bueno que escribas nuevamente
,él será Ecuménico, pero vos Faerman sos y serás Ecumás!La india Cautiva lo dice!

Diego dijo...

Bienvenido de regreso.

Francisco Crescimbeni dijo...

Grande Faerman!
Cuando un día me enteré que ese juanfaerman de twitter era el mismo que escribía el blogudo que leía hace mucho tiempo por la Nah!, fue un choque de galaxias (!). Y ahí me compré 300.000 ejemplares vendidos!!!

Gracias por volver!

pancheu

Viejex dijo...

Que buena manera de empezar el año!!! Blogudo es el que probó twitter y volvió!

Maxi Rodriguez dijo...

Que grande Juan! Hace tiempo que esperaba que vuelvas a publicar. Abrazo grande loco. Y faltan cuentos en el aire, faltan más de tus cuentos. Maxi.